Amanecí con un terrible dolor de cabeza que por suerte fue amainando conforme se adentró el día. Igual que el cielo fue dejando ver, aunque poco, rastros de azul.
Luego sopló más viento todavía, aparecieron más nubes y mi cabeza volvió a doler, muchísimo más.
Pero durante el examen, levanté la vista y Oteo estaba mirándome, sonriendo. Y sonreí bajando la vista, y me asomó esa cara de idiota. Y fui feliz.